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Por qué a veces no basta con buscarlo en Google

Por Alistair Cox, CEO de Hays

 

«¿Qué es Área 51?», «¿Cómo se come la piña?», «Baile del hilo dental»: estas son solo algunas de las preguntas y frases más buscadas en 2019. De hecho, durante cada segundo de cada día le hacemos a Google más de 40 000 preguntas como estas, preguntas sobre algún hecho, preguntas monótonas, divertidas, interesantes y, sinceramente, bastante raras que la convierten, con diferencia, en la página web más visitada del planeta.

Tampoco te sorprenderá saber que Wikipedia es otra de las páginas más populares. Estoy totalmente seguro de que no ha pasado más de una o dos semanas desde la última vez que te encontraste absorto en uno de esos «laberintos de información» de Wikipedia, desenterrando datos que no pensabas que te interesaran lo más mínimo, pasando de uno a otro sin ni siquiera darte cuenta.

Internet es un hervidero de preguntas planteadas por las personas. Cabría pensar que esta confianza ciega en la tecnología a la hora de buscar respuestas rápidas, incluso instantáneas, es un indicio de que los seres humanos somos curiosos por naturaleza, pero... ¿es eso así?

Somos curiosos cuando nacemos, pero ¿seguimos siéndolo toda la vida?

Los niños hacen nada más y nada menos que un total de 73 preguntas al día, en comparación con las 20 preguntas que hacen los adultos. Si tienes hijos pequeños habrás experimentado, sin ninguna duda, el implacable, maravilloso y constante bombardeo de preguntas sin filtro: «¿Quién...? ¿Qué...? ¿Por qué...? ¿Cuándo...?». La mente de los niños está diseñada para recopilar más y más información sobre absolutamente todo lo que les rodea.

Los niños son curiosidad en estado puro, y esta se define como «el deseo de averiguar o saber algo». No obstante, hay estudios que demuestran que este nivel de curiosidad extrema tiende a decaer ya a una edad temprana: a los cuatro o cinco años, más o menos cuando empiezan a ir al colegio. ¿Por qué tan pronto? Si haces memoria, seguramente recuerdes que, cuando eras pequeño, nadie hacía hincapié en que la curiosidad fuera un rasgo «valioso» o necesario para abrirse paso por la vida. De hecho, a los niños se les animaba normalmente a centrarse y aprender, no a preguntar y aprender. Prefiero pensar que eso ha cambiado.

Cuando entrábamos en el mundo laboral nuestra curiosidad era contenida, si cabe, todavía más. A día de hoy, más que fomentar la curiosidad en sus empresas, muchos líderes la refrenan, casi siempre de manera inconsciente, porque tienen la idea equivocada de que es una herramienta ineficaz y nada productiva. Y no solo eso, sino que, tal como explica este artículo de la Harvard Business Review, «A medida que uno asciende en la estructura de la empresa, se piensa que tiene menos que aprender. Los líderes, además, tienden a creer que lo que se espera de ellos es que hablen y proporcionen respuestas, no que hagan preguntas».

En mi opinión, esto tiene que cambiar: hay que darse cuenta de que solo si le damos valor a la curiosidad, si retamos y ponemos en duda el statu quo y aprendemos todo lo que se pueda aprender en el proceso, podremos explorar el mundo en el que vivimos y cambiarlo para mejor.

¿Cómo me puede ayudar el ser más curioso a hacer mejor mi trabajo?

Los estudios realizados han demostrado que perderle el miedo a preguntar «¿Por qué?» más a menudo y darle rienda suelta a nuestra tendencia innata a indagar sobre absolutamente todo nos ayudará a cumplir nuestros objetivos. Los resultados de un estudio realizado a 120 empleados mostraron que la curiosidad natural está relacionada con un rendimiento superior. Lo cual, al fin y al cabo, no me sorprende, teniendo en cuenta que algunas de las personas más brillantes del mundo son, o fueron, las más curiosas. El propio Albert Einstein dijo en una ocasión: «No tengo ningún talento especial. Solo soy apasionadamente curioso».

De hecho, una mayor curiosidad puede ayudarnos a mejorar en muchos aspectos de nuestro trabajo, haciendo que nos volvamos:

  • Menos susceptibles al sesgo de confirmación, reduciendo la probabilidad de que busquemos opiniones similares a las propias y ayudándonos a dejar atrás las suposiciones y prejuicios a los cuales llevábamos tanto tiempo aferrados;
  • más creativos e innovadores, lo cual se refleja tanto en nuestra forma de pensar como en nuestro rendimiento;
  • cada vez más versátiles y capaces de tomar decisiones difíciles con más facilidad, especialmente en tiempos de crisis;
  • cada vez más capaces de retener información nueva, incuso si dicha información no es relevante en el contexto del tema que inicialmente llamó nuestra atención;
  • capaces de crear vínculos más fuertes con otras personas; de hecho, durante los encuentros sociales las personas curiosas resultan más interesantes y atractivas;
  • más activos desde el punto de vista mental (la mente es un músculo, y el ejercicio mental causado por la curiosidad hace que se vuelva cada vez más fuerte);
  • más capaces de afrontar el rechazo y otras situaciones desagradables y, curiosamente,
  • más preparados de cara al futuro para defender nuestra superioridad frente a las máquinas, ya que, tal como explica Spencer Harrison —profesor titular de comportamiento organizacional en INSEAD— en su charla de TedX Talk: «La curiosidad nos da ventaja sobre las máquinas: ellas nunca preguntan por qué».

La conexión entre la curiosidad y el aprendizaje

Hay otros estudios que indican que abrir la mente y permitirse poner algo en duda, reflexionar sobre ello o mostrarse más curioso nos ayuda, a su vez, a mejorar nuestra capacidad de aprender. La consultora McKinsey & Company explica que, aunque no nos demos cuenta, el aprendizaje es una habilidad, y es sin duda posible aprender más cosas y con más frecuencia si nos mostramos más curiosos.

Al desarrollar una mente curiosa nos acercamos más al concepto de aprendices intencionales: una habilidad que, en opinión de McKinsey, será fundamental para el éxito durante las próximas décadas, pues consiste en ver cada momento como una oportunidad para aprender y nos permite disfrutar del mero hecho de explorar y obtener respuestas. Al fin y al cabo, muchas veces es la curiosidad la que nos incita a aprender, nos inspira y cataliza el aumento de nuestros conocimientos y experiencia.

Lo que pasa es que a mucha gente no la han enseñado a aprender de manera efectiva, y aprender bien —proceso en el que la curiosidad es un factor fundamental— es esencial para tener éxito a largo plazo, y sobre todo en los tiempos que corren. De hecho, ya en enero de este año (aunque parece que fuera hace un siglo) el Foro Económico Mundial declaró que el mundo se encontraba ante una «emergencia de adquisición de nuevas aptitudes». Ahora, tan solo unos meses después, a medida que el planeta se enfrenta a lo que seguramente sea el mayor trastorno que cada uno de nosotros vuelva a vivir jamás, la necesidad de adquirir nuevas aptitudes se ha vuelto todavía más urgente.

Por eso pienso que es más importante que nunca que todos le demos rienda suelta a nuestra curiosidad sobre el mundo que nos rodea, que preguntemos y debatamos en lugar de limitarnos a aceptar las cosas tal y como son.

Tu pregunta favorita debería ser «¿Por qué?»

¿Cómo podemos estimular nuestra curiosidad nata y prepararnos para los conocimientos y las lecciones que nos depara esta nueva era laboral? El primer paso es muy sencillo: HAZ-MÁS-PREGUNTAS.

¿Cuándo fue la última vez que te pasaste una reunión entera con lo que pensabas que era «una pregunta tonta» en la punta de la lengua? A todos nos pasa. No llegamos a hacer esas preguntas porque nos preocupa qué pensarán los demás de nosotros, porque no queremos parecer vulnerables ni herir nuestro ego. Nos callamos estas preguntas porque, para nosotros, mantener una imagen de individuo brillante y «sabelotodo» es mucho más importante que obtener respuestas: de hecho, intentamos convencernos de que nuestras dudas son solo «tonterías».

Para reavivar la llama de la curiosidad con la que todos nacemos es necesario que nos sintamos más cómodos con la idea de hacer más preguntas y con más frecuencia, incluso si eso conlleva el riesgo de parecer o sentirnos estúpidos en presencia de nuestros compañeros. Solo preguntando podemos ver el panorama completo y poner en duda la manera en que las cosas se han hecho siempre. Solo preguntando empezaremos a ver y hacer las cosas de otra manera. Solo preguntando aprenderemos cosas nuevas.

Tal y como dijo Bob Borchers, vicepresidente de marketing de productos en Apple, en su charla de TedX Talk, las personas curiosas que hacen preguntas curiosas viven una vida llena de descubrimientos, no una vida en piloto automático. ¿No preferirías vivir así? Es hora de que todos nos demos cuenta del valor de preguntar. No importa lo trivial que parezcan las preguntas a simple vista, lo más probable es que las respuestas que desvelarán y los hallazgos a los que conducirán serán de todo menos triviales. Y recuerda: con las respuestas viene la comprensión y, con ella, el aprendizaje de algo nuevo.

Una buena manera de empezar es plantear preguntas sobre todos los aspectos de tu vida, sobre tus intereses, sobre el mundo que te rodea. No aceptes que todo a tu alrededor sea tal como es, pregúntate «por qué» es así y date cuenta de que tus intereses no tienen por qué tener fronteras. Y cuando plantees una pregunta, procura que sea abierta, tal como se explica en este artículo publicado por la Universidad de California en Berkeley: «Las preguntas abiertas, cuya respuesta es del todo desconocida para quien las plantea, seguidas de un interés sincero y de más preguntas sobre las respuestas, harán que quien responde vaya más allá y profundice más en los detalles, lo cual seguramente despierte una mayor curiosidad en ti».

Por otra parte, en el ambiente laboral no estaría de más que cambiaras de táctica y mostraras más curiosidad sobre cualquier comentario que tu jefe haga en relación con tu trabajo. En lugar de evitar mantener esta conversación, haz las preguntas adecuadas para obtener información de utilidad. Por último, también te puede resultar revelador reflexionar sobre tus formas de actuar y los motivos que te llevan a ello.

En palabras de Borchers: tu carrera debería basarse en preguntar «¿Por qué?».

No pasa nada si no tienes todas las respuestas o si a veces no lo consigues

Ha quedado claro que para llegar a ser más curiosos hay que hacer más preguntas, pero ¿qué pasa con las respuestas a nuestras preguntas y las de los demás? La sociedad en que vivimos suele darnos a entender que solo valora las respuestas correctas, y no las que, aun no siendo del todo correctas, abren igualmente el camino para seguir explorando. Por ello, para que nuestra curiosidad aumente, debemos comprender el valor de estas respuestas. Lo que quiero decir es que no importa que a veces nuestras respuestas no sean correctas o que nos equivoquemos, siempre y cuando aprendamos de esos errores. Probablemente los científicos sean quienes mejor lo hacen. Su trabajo consiste en encontrar respuestas: plantean hipótesis, descubren o inventan. Ya en 1953, Oppenheimer habló en las conferencias Reith Lectures de cómo la ciencia y los planteamientos científicos pueden influir en la opinión que la sociedad tiene de sí misma. Y esto sigue siendo, a día de hoy, igual de cierto que lo era entonces.

Hace un tiempo escribí que, de manera similar a como les pasa a aquellos que creen en el crecimiento de la mente, las personas curiosas ven la vida como una oportunidad de aprendizaje continuo: entienden que el fracaso es una parte integral del proceso de aprendizaje. La gente curiosa comprende que es natural que a veces la curiosidad desemboque en fracaso, pero eso no les impide explorar y descubrir cosas nuevas, ya que saben que la recompensa —el aprendizaje y el crecimiento de la mente— es tan valiosa que vale la pena arriesgarse.

Este artículo de McKinsey & Company aporta consejos sobre este tema con los que estoy totalmente de acuerdo. Si en el trabajo tienes que enfrentarte a un proyecto que, en tu opinión, estará plagado de fracasos, problemas y riesgos, cambia de actitud: visualízalo como una oportunidad única, irrepetible. De esta manera te convencerás de que no vas a tener otra ocasión en toda tu carrera para enfrentarte a un proyecto así, lo cual te ayudará a despertar tu curiosidad y a «[...] sacarle el máximo partido a cada momento y aprender todo lo posible incluso en las circunstancias más difíciles».

Prueba algo nuevo que no sepas hacer

En este artículo de Psychology Today se explica que otra manera de desarrollar una mente curiosa es tratar de hacer cosas que no sabes cómo hacer: piensa en todo aquello que no sabes hacer, pero que te gustaría, desde cosas tan sencillas como hacer malabares, hornear pan, jugar al tenis o tocar un instrumento hasta actividades tan emocionantes como hacer esquí acuático o conducir.

Si tu curiosidad es lo suficientemente grande, puedes aprender a hacer cualquier cosa. Pero no elijas solo actividades que se te den bien en general: opta por aprender cosas que te interesan. Así, verás que hay muchos otros campos en los que puedes destacar, y echarás por tierra la idea que te habías formado sobre lo que puedes o no puedes hacer. Este descubrimiento te ayudará en todos los aspectos de tu vida, y sobre todo en el trabajo.

Nadie plantea esta idea mejor que Stephen Robinson, fundador de 52Skillz. Robinson cree que a medida que nos hacemos mayores nos volvemos más cómodos, más estables, y aumenta nuestra tendencia a permanecer en el mismo sitio, tanto física como mentalmente. Él lo explica así: «[...] parece que vivimos nuestras vidas en un estado de mantenimiento continuo, haciendo un trabajo que no siempre nos gusta para comprar cosas que mantienen y aumentan nuestro nivel de bienestar. Y todo para, veinte años más tarde, despertarnos un día y darnos cuenta de que nos hemos pasado la vida manteniéndonos en lugar de viviendo». Todos corremos el riesgo de caer en esa cómoda rutina, salvo que demos un giro intencionado que le dé rienda suelta a nuestra curiosidad nata.

Por ello, Robinson hizo una lista de todas las cosas que siempre había querido hacer, pero a las que no se había atrevido, y creó un canal de YouTube. Tal y como el nombre 52Skillz indica, se comprometió a adquirir 52 habilidades nuevas, una por cada semana del año. Ha aprendido a sobrevivir en el Amazonas, a hacer un salto mortal hacia atrás, a escribir canciones y a cantar, y en su charla de TedX Talk explica cómo lo ha hecho; he pensado que os podría resultar útil:

  • Apunta las cosas que despierten tu curiosidad y que quieras aprender: escribirlo hará que tus objetivos parezcan más reales.
  • Fija un plazo o márcate un objetivo: te dará una sensación de urgencia sobre lo que quieres conseguir.
  • Añádele una chispa de responsabilidad: cuéntale a tu familia y a tus amigos lo que te propones aprender.
  • Entiende que el fracaso es parte del proceso de aprendizaje: mentalízate y date cuenta de que cuando fracasas creces como persona. Y esto me lleva a la siguiente cuestión...

Seguro que muchos de los que estáis leyendo este artículo, viváis donde viváis, habréis adquirido nuevas aficiones o probado cosas nuevas durante el confinamiento. Al hacerlo, aunque no os deis cuenta, habéis estado ejercitando el músculo de la curiosidad. Seguid así. ¿Qué es lo próximo que te gustaría aprender? Tal y como nos recuerdan desde McKinsey & Company: «La clave es evitar estancarse, y para ello hay que alimentar la mente con algo nuevo».

En vez de vivir con el piloto automático puesto y siguiendo la corriente, de mantener tu nivel de «bienestar», tu configuración por defecto debería ser explorar, explorar siempre, no limitarte a «buscarlo en Google». Espero que este artículo haya conseguido hacerte ver el valor que reavivar la llama de tu curiosidad natural puede aportarle a tu vida. Permítete hacer más preguntas y con más frecuencia, permítete dar la respuesta equivocada, fracasar y aprender. Si no lo haces, te apalancarás, y ¿qué gracia tiene eso?

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